Todo empezó con una denuncia

Hay un momento en que se firma la guarda y se va de la que fue su casa hogar por un tiempo.
Pero para que llegara ese día, tuvieron que pasar muchos otros días, meses e incluso algunos años a veces.

Y todo comenzó con una denuncia.

Las circunstancias de vida eran graves. No había un adulto que pudiera asumir su cuidado y protección. Ante ese riesgo, el Estado decidió intervenir y buscar un espacio alternativo. Así llegó a nuestra casa hogar.

Llegó con miedo. Con imágenes y sonidos que aún lo acompañaban desde esa casa y ese barrio donde creció. Muchas de esas escenas volvían por las noches, en sueños tan intensos que a veces la única forma de salir de ellos era despertarse sobresaltado.

El miedo no desaparece de un día para el otro. La reparación es un proceso, y lleva tiempo.

De a poco, empiezan a aparecer certezas:
cuál es su habitación, su cama, su ropa.
Que su cuerpo es respetado.
Que ya no tiene que soportar golpes ni humillaciones.

Empieza a construir vínculos con adultos desde el respeto.
A confiar.
A probar (y aprender) que expresar lo que siente es posible.

Vuelve a jugar.
A explorar el mundo.

Tiene una escuela, una maestra, amigos.
Va al club. Sale con voluntarios.
Va por primera vez al cine. Anda en bici, en patines.

Muchas veces, también, festeja por primera vez su cumpleaños con amigos y regalos.

Tiene su espacio terapéutico, donde puede poner en palabras lo vivido, y empezar a distinguir lo que estuvo bien de lo que no.

Su cuerpo también empieza a sanar:
aumenta de peso, se enferma menos, tiene sus controles médicos, y un día, sus dientes están sanos.

Tiene apoyo escolar.
Tiene quien lo acompañe con las tareas.
Tiene pantuflas, zapatillas nuevas, guardapolvo, mochila.

Tiene, finalmente, una vida de niño.

Es visitado por el servicio local, el juzgado, la asesoría de menores.
Y desde su nueva casa hogar es acompañado las 24 hs, tiene a disposición un psicólogo, una psicopedagoga. Tiene cuidadores que son esas personas cercanas que los miman y cuidan, siempre hay alguien para ellos, como tiene que tener un niño: adultos disponibles.

Y los días van pasando y cada ves va fluyendo mejor ese nuevo niño alegre y con ganas de jugar y de aprender.

Y un día, incluso antes de que le hagan la pregunta, aparece la respuesta:
“Yo quiero tener una familia nueva.”

Cuando llega el momento, ya sabe lo que desea. Incluso puede imaginarla, ponerle forma, contar cómo la sueña.

Entonces comienza la búsqueda en los registros de adoptantes.
Hasta que una familia aparece.

Empieza el proceso de vinculación: se conocen, se acercan, se eligen.
Y si ese vínculo crece, llega el momento del egreso.

Se va.
A una casa.
A una familia.
A un “para siempre”.

Por eso, esta imagen significa tanto para nosotros.
Porque en ella vive todo ese recorrido.

Fuimos un equipo junto a él.
Y él puso todo de sí para salir adelante.

Confiando en que era un camino.
Confiando en que no era para siempre.

Por eso, caminar hacia adelante también implica mirar hacia atrás,
pero solo para tomar impulso.

Esa es la razón por la que el Hogar María Luisa se llama
la gran casa en el camino a casa. 💛